miércoles, 15 de octubre de 2008

Casa con patio

Laguna y Junta, barrio de Floresta. Agrelo y Yapeyú, barrio de Almagro. Casas chorizo, patios enormes, escenarios ideales para miles de juegos, aventuras, golpes, pelopinchos y otras yerbas.

Las casas de mis abuelos marcaron mi infancia. Mi abuelo paterno falleció un año antes que yo naciera, y desde que tengo memoria en la casa de mi abuela viven mis tíos junto con ella, con los años al poco de llegar mi hermana, llegó mi primo. Mis abuelos maternos hasta mis 5 años vivían en una casa enorme en Floresta, una casa bien antigua en donde mi abuela había pasado prácticamente toda su vida. Lo que más recuerdo era la enorme parra que conectaba los dos patios, de la cual me fascinaba colgarme a sacar las uvas chinche para después comerlas, también me acuerdo de la palmera enorme que había en el patio de atrás. Después, en una decisión que hoy todavía no entiendo, se mudaron a un minúsculo departamento de 2 ambientes en Parque Chacabuco, creo que a partir de ahí mis abuelos se volvieron viejitos más rápido.

La casa de almagro fue “la casa de la abuela” hasta hace 5 o 6 años atrás, cuando ya el deterioro hacía inminente una decisión trascendental: vender o invertir para arreglar. El terreno era enorme y como siempre vivía no sólo mi abuela sino también mis tíos y mi primo. En la parte de adelante de la casa, había un enorme local a la calle que desde siempre fue la ebanistería de mi abuelo, que desde que había fallecido sólo guardo sus herramientas, máquinas y restos de maderas, y con el correr de los años se convirtió en el “galpón” donde se guardaban muebles, viejos juguetes y cuanto restos de cosas no se querían tirar.

En la casa de mi almagro viví mis primeros 2 años, en la misma casa donde nació y vivió hasta casarse mi viejo, en cuyas veredas jugó al fútbol con los muchachos de la barra de la cuadra esquivando el tranvía que venía por Agrelo y se juntaban para ir todos juntos hasta el Gasómetro todos los domingos. Quizás por esto, y muchos otros recuerdos de todos los que vivimos en algún momento en esa casa, la decisión de la venta fue una bomba que sacudió nuestras fibras más íntimas.

Algunos fines de semana, cuando estoy con el rumbo perdido paso por floresta o por almagro. Más de una vez me he parado en la vereda y apoyado en esas puertas que me han visto crecer, tratando de recordar y que vuelvan a mí los recuerdos de mis primeros años. Y nunca falla… la vieja parra, la pelopincho con mi hermana y mi primo, la enorme palmera y mis abuelas baldeando los patios vuelven en segundos a mi mente.

1 comentario:

Juanitina dijo...

Uhhhhh que lindo todo esooo.
Qué hubiera sido de mi si mi abuelo hubiera sido ebanista... en vez de ser una simple empleada seria una empresaria del diseño.faaa.
Mis bisabuelos, y mi abuela ahora, todavia tienen una casa con uno de esos sótanos en la sala donde se levanta una tapa y te metes como en una cueva, pero por lástima no pude nunca jugar ni vivir ahi. Y pa colmo de males está ocupada por gente que no se quiere ir.
Está bueno el recuerdo.